OLOR DE ALMENDRAS

La habitación no es la más grande de la casa, pero ya es suficiente. En realidad, podría haber escogido cualquier habitación, cuando todos los hijos acabaron yéndose de la casa familiar para vivir sus propias vidas, según dijeron. Pero aquella ha sido su habitación desde hace más de sesenta años, suya y de su Félix hasta nueve años atrás. Nueve años. Parece mentira que el tiempo pase tan rápidamente mirado desde lejos, por encima de las cosas de cada día. Mirado más de cerca, en el girar y girar de las agujas del reloj, el tiempo puede pasar desesperadamente despacio. Y pasa también despacio cuando hay algo que te hace desear que sea ya pasado mañana, o el año que viene, u otra vida. Pero ella hace mucho tiempo que no desea nada así. Se ha acostumbrado a no querer correr más que el tiempo; ha aprendido que no es ella quien rige su propio destino.

Repite el mismo ritual de cada tarde. A medida que se va quitando la ropa, la dobla con cuidado y forma un montón sobre la silla que tiene a los pies de la cama. Las medias gruesas, que se quita con cuidado para no perder el equilibrio y para no tener que poner el pie fuera de la pequeña alfombra que la aísla de la losa helada, el viso, la falda, la camiseta, el jersey de lana y la chaqueta de punto. Una masa informe de ropa negra que lo es desde tiempos inmemoriales. Primero, por la muerte del padre, después por la muerte sucesiva de dos hermanos, la madre, uno de sus hijos, Félix.


Los hijos, cuando vuelven, en verano, intentan convencerla que ya no hace falta que guarde más luto por nadie. Eso ya no se lleva, mamá, dicen. Y ella lo sabe, las dos cosas, que no hace falta y que no se lleva, pero no sabe vestirse de otra manera, porque es así como le ha tocado vestirse, no es nada que ella haya escogido hacer. De todas formas, en verano, cuando los hijos vuelven, se pone sin decir nada las batas y vestidos floreados que le regalan. Y también por los hijos dejó de cubrirse con el pañuelo la cabeza hace ya años, porque parecía mayor, según le dijeron. Pero eso en verano, que es como un paréntesis en la sucesión del tiempo, porque vuelve a tener a toda la familia a su lado, cumpliendo el ritual ancestral de volver a casa huyendo de la cotidianidad y sus fantasmas.

Ahora, en invierno, el pañuelo la priva del frío helado en las orejas y se convierte en su pelo y la ropa negra, la de siempre, la abriga de las inclemencias y el rigor de los días cortos y las noches gélidas.


Se mete en la cama a las seis de la tarde porque ha oscurecido y porque no tiene nada más que hacer. La casa en silencio es como un gran decorado sin vida. Ella la recorre cada día hasta el último rincón, para asegurarse que todo está donde debe estar y para calentar, con su aliento, los suelos de pizarra y las maderas centenarias. Sabe que las cosas necesitan ser alentadas con la respiración de las personas. Se para, en su recorrido, en el comedor y observa las decenas de fotografías colgadas en clavos enormes de las paredes. Ahí están casi todos, los hijos y los hijos de los hijos. Incluso ha tenido que colgar los dos primeros hijos de los hijos de los hijos. Repasa los nombres de todos para no olvidarlos, porque le da pánico olvidar los nombres, que son el vínculo más estrecho que tiene con sus recuerdos. Uno a uno, dice en voz alta los nombres de los rostros de las fotografías, aunque a menudo tiene que hacer un esfuerzo para saber quién es aquel niño de meses vestido de bautizo, parecen tan iguales, los bebés. A veces se guía por el color amarillento de la fotografía, esta debe ser la Sofía de mi Antonia, dice, y lo sabe porque la foto es en blanco y negro y porque recuerda más a los nietos mayores que a los pequeños.

Todos le pertenecieron, hijos y nietos, durante un momento, sólo a ella, porque los soñó a todos antes de su nacimiento, nietos e hijos. Presintió sus trece embarazos antes de tener ningún síntoma y mucho antes de su confirmación. Simplemente, lo veía en sueños. He soñado niñas, le decía a Félix, y uno y otro sabían que inexorablemente aquello significaba un nuevo embarazo. Que venga bien, decía él, y asumían el designio del destino, sin placer y sin angustia. Qué podían hacer ellos. Así mismo pasó con cada uno de los veintiún nietos. Cuando sonaba el teléfono de aquella manera especial, ella sabía que alguno de los hijos la llamaba para confirmarle aquello que ella ya había soñado días antes. Que venga bien, les decía, e inmediatamente pasaba a añadir una cuenta más en el largo rosario que pasaba devotamente cada noche en la iglesia junto con dos o tres mujeres más. Eso era cuando en el pueblo aún había cura y la iglesia estaba abierta a todas horas. Desde que el padre Arturo murió, ni el obispado ni nadie se ha preocupado de mandar un sustituto a aquel rincón del mundo que mantienen vivo veinte familias escasas, la mayoría formadas por una sola persona. Aunque en verano hay mucha más gente, cuando los hijos vuelven.


Aprovecha para espantar también las ánimas que rondan por la casa antes de volver a su habitación. No le gusta que las ánimas jueguen con el rostro de las fotografías. Nunca se puede saber de qué son capaces los espíritus de los muertos. Cuando está en la cama, se hace masajes en los pies con una pomada milagrosa que le para la artrosis y ayuda a la sangre a circular mejor. Tuvo suerte al encontrarla, porque ya hace años que los huesos se le han convertido en hierro y la carne en herrumbre. Da gracias que sólo tiene eso, porque a su edad esta dolencia ósea es lo mínimo que puede tener. Da gracias, también, mientras se friega los pies, que las enfermedades no se hayan manifestado grotescamente en la familia. Ella sabe cuándo alguien está enfermo. Lo sabe porque lo siente. Es una especie de desasosiego que la acompaña durante días y la mantiene intranquila. Sabe que alguno de sus hijos está enfermo o padece. Esté donde esté. No pueden engañarla. A veces empieza una ronda de llamadas aparentemente inocentes que no son más que la ratificación de sus sospechas. ¿Estáis todos bien? Muy bien, hija, cuelgo que tengo que llamar a tu hermano. Y al final descubre que alguien está en la cama desde hace días, o que alguien tiene problemas y no se lo habían dicho para no preocuparla. Esto fue lo que más le preocupó cuando los hijos empezaron a emigrar. Cómo controlaría sus estados de ánimo, sus males, cómo los podría proteger desde aquel lugar remoto que abandonaban por un mundo menos remoto y más incierto.


Después de los masajes, se acomoda en los cojines y enciende, con el mando a distancia, el televisor que su hijo pequeño le colgó en la pared delante de la cama, - un lujo que le gusta haber aceptado después de negarse mucho -. El televisor le sirve para ver por una ventana el mundo de allá fuera, el mundo de los hijos, el mundo del futuro. Ni lo entiende ni quiere entenderlo, no lo necesita. Sólo se distrae un rato sin desear nada de lo que ve en la pantalla, sin desear otra vida. De hecho, aguanta las imágenes del televisor no más de media hora. Sólo dicen mentiras, en la tele, murmura y con un gesto habitual pulsa el botón rojo del mando mientras con la otra mano enciende la radio que tiene en la mesita. La radio es mejor: la voz de los locutores que no ve le parece más creíble.

Desde que no hay cura, se ha acostumbrado a coger el rosario y rezar en la cama, con la compañía de la voz de la radio de fondo. La mayoría de días se queda dormida así, con la luz encendida, la radio sonando y el rosario colgado de la mano derecha. Cuando se despierta, dos o tres horas más tarde, sólo sufre por si no ha terminado de pasar por los dedos todas las cuentas de alabastro del rosario, una por cada hijo, dice.


Cuando todos los hijos están en casa, en verano, muchos días no tiene tiempo ni de rezar, y mucho menos de ver la tele o escuchar la radio. Entonces todo es diferente, la casa se llena de presencias, olores y voces mezcladas que le confieren la categoría de hogar. Se oyen acentos diferentes en las bocas de los nietos y también de alguno de los hijos, más acostumbrados a vivir ya en la tierra que les acogió que en la tierra que les vio nacer. Esto es la inmigración, se lamentan. Esto es la tristeza de la tierra, dice ella cuando piensa en ello; la tristeza de una tierra triste y lúgubre, añorada por todos y abandonada por todos. Acompañando la soledad de las madres, las montañas de aquella tierra gritan el nombre de los hijos perdidos y los repiten infinitamente para que nadie los olvide, llamándoles para que vuelvan, sin dejar que vivan en paz la vida que han escogido lejos de allí. Las madres que se han quedado en el pueblo lo saben muy bien. El viento del invierno que azota el valle se cuela por las ventanas y las puertas de madera aullando los nombres de los que están lejos. Las madres que se han quedado en el pueblo aceptan con estoicismo los designios del destino. Qué pueden hacer ellas.


En verano, con más de treinta personas rondando por la casa, todo es muy diferente. El día termina tarde, cuando los hombres - hombres en casa, ¡otra vez!- vuelven a la partida después de la cena. Son las once o las doce de la noche, pero ella se levantará al día siguiente tan temprano como siempre, como si se hubiera acostado a las seis de la tarde, como en invierno. Recorrerá despacio todas las parcelas de tierra que aún les quedan y llenará el capazo de lechugas, tomates, cebollas, acelgas, patatas. Intentará encontrar moras para los niños. Volverá a casa cargada con el capazo lleno cargado a la espalda, como antes, pero sin tres o cuatro criaturas tirándole de la falda. El pueblo aún duerme y la calle la acoge como si fuera una figura del belén, tan de otro tiempo, tan irreal.

Las hijas y las nueras empiezan a levantarse cuando ella vuelve a casa y la riñen por el esfuerzo que ha hecho, pero agradecen las hortalizas de colores de juguete que no comen en ningún otro sitio. A media mañana, empezarán a hacer la comida, cuando todavía no ha desayunado todo el mundo. Viéndolas trastear con cazuelas y ollas, recuerda los primeros tiempos, cuando ellas mismas, con diez y doce años, empezaron a inventar la rutina de aquellos movimientos, un día y otro, sin parar hasta que se ponía el sol. Siempre ha agradecido tener hijas que se hicieran cargo de las mil tareas de la casa y el campo, a parte de la crianza de los más pequeños.

Ahora también lo agradece, porque las hijas, cuando vuelven, se sientan a su lado y la van alimentando, poco a poco, con cucharadas de relatos de sus vidas tan lejanas. La hacen sentirse acompañada, en la cocina, como entonces.


Se ha adormecido, pero una cuña publicitaria la desvela. Son las ocho de la tarde, sólo. Cada vez se duerme más temprano. El rosario negro le ha quedado reposando en las rodillas. Lo coge otra vez e intenta recordar dónde se quedó antes de dormirse, en qué miembro de la familia se la llevó el sueño. Decide rezar por todos a la vez, somos tantos. A medida que se deja llevar por la oración recitada eternamente con la misma cantinela anacrónica, el pensamiento le huye otra vez y ya sólo repite las palabras por intuición, sin saber qué dice, ni para quién. Vuela por parajes amables, entre montañas de pendientes suaves y valles onduladas, tan diferentes de estas montañas abruptas donde ha vivido siempre. Se siente tan bien que se deja llevar, sí, se deja llevar para poder sentir con más intensidad aquel viento tebio en la cara, un viento que no corta la piel ni la castiga.

La mano derecha le resbala sobre la pierna y los dedos aflojan el rosario. Ligeramente. La radio sigue hablando de cosas que no le pertenecen, que nunca ha querido ni deseado. La casa entera parece escuchar su respiración casi inaudible y tan ligera que apenas mueve la sábana que le tapa el pecho. Los muebles viejos han dejado de crujir en un intento de crear el silencio absoluto, la nada. Las ánimas, que se han colado en la habitación justo antes que cerrara la puerta, han quedado suspendidas del techo y observan con ojos batientes el movimiento ligero de las cortinas de la ventana. No hay viento.

Por los lugares donde se mueve ahora, más allá de la consciencia, parece experimentar sensaciones agradables que pensaba haber olvidado. El corazón latiendo con fuerza; el contacto de unas manos acariciándole la espalda; miles de alas moviéndose en su estómago; las mejillas ardiendo de lágrimas; el cuerpo temblando de pasión; el alma limpia antes de corromperse por el dolor. Ella ha sido una mujer y ahora piensa en ello por primera vez en su vida. Lo piensa sin ser consciente. ¿Dónde quedaron sus vivencias? ¿Cómo había podido olvidarlas durante tantos años? Había perdido su propia piel.

La cortina de la ventana interrumpe su movimiento y justo entonces ella suspira profundamente. Las ánimas del techo se preparan para lo inevitable y observan cómo el pecho de la mujer casi ha dejado de moverse. La muerte ha aparecido bajo la ventana, esperando pacientemente su momento.

De golpe la mujer, en su paseo onírico, siente la necesidad de volver a su cuerpo inerte y seguir con la rutina cotidiana que, intuye, no volverá a ser la misma después de aquella experiencia astral. Ha notado la muerte cerca, ha olido su olor de almendras amargas, la ha mirado a los ojos y ha decidido vivir. ¡Ha recuperado la memoria de la piel! Mañana será un día especial, el día del resurgimiento, el día en que todo será posible.


La radio anuncia que han llegado las diez de la noche y la mujer se despierta a medias. Apaga el aparato y la luz del techo, que mira fijamente durante unos instantes. Quizás por eso, en la oscuridad, los ojos parecen ver centenares de lucecitas minúsculas que se mueven allá arriba. Nota el calor del rosario en la mano derecha. Mañana acabará las oraciones, ahora tiene un deseo inmenso de dormir, de seguir durmiendo como lo estaba haciendo, en un sueño tan dulce.


Al día siguiente se despierta con las primeras luces del alba. Con un movimiento repetido mil veces, se incorpora y sigue con el dedo índice de la mano izquierda el contorno de la fotografía de Félix que colocó hace tiempo en la mesita de noche. Una vez en el baño, se lava la cara con el agua helada y hace la señal de la cruz dando gracias a dios por aquel nuevo día y por dejarla vivirlo. En la cocina se calienta un poco de café con leche y vuelve a la habitación a vestirse después de tomárselo todo a pequeños sorbos.

Se siente extraña, particularmente descansada. No recuerda nada de lo que ha soñado, pero debe haber tenido un sueño reparador y agradable, porque se siente especialmente bien.

Mientras se coloca el pañuelo en la cabeza, piensa que pronto deberá esconderlo porque falta ya poco para que vuelvan los hijos. Dos meses y medio, a lo sumo. Tendrá que ventilar las habitaciones y sacudir las alfombras antes de que lleguen los primeros. Que tenga salud para verlos una vez más, pide distraídamente mientras se coloca las zapatillas.

Antes de salir de la habitación mira hacia la ventana, desde donde le parece que llega un olor extraño. Ha vuelto a estar aquí, piensa. Cuando descorre la cortina, intuye a la muerte desdibujándose en la primera luz del día. Sonríe. No necesita nada más, es cierto, sólo aquella pequeña victoria diaria.

En el comedor, los rostros de los hijos y de los hijos de los hijos y de los hijos de éstos contemplan sus movimientos lentos desde los clavos en la pared. Recuerda los nombres de todos ellos con claridad, esta mañana. Ha vuelto a vencer.


Montse Gatell, Castellar del Vallès, febrer de 2003